//LOS INTELECTUALES DE IZQUIERDA, EL DESACUERDO COMO OFENSA Y LAS UNIVERSIDADES COMO ZONAS DE GUERRA. Bruno Garschagen

LOS INTELECTUALES DE IZQUIERDA, EL DESACUERDO COMO OFENSA Y LAS UNIVERSIDADES COMO ZONAS DE GUERRA

    – Bruno Garschagen –  

  He aquí un fenómeno revelador de una cierta personalidad y mentalidad progresista: cualquiera que no siga la cartilla, cualquiera que esté en desacuerdo con cualquier punto o aspecto de la ideología culturalmente dominante, no es un individuo que está en desacuerdo con el argumento A o B, sino un agresor, un infame que osa rechazar aceptar la superioridad de la ideología perfecta.

  Si antes sólo algunos doctrinarios y adoctrinados de las ideologías progresistas (muchas de ellas de izquierda) serían capaces de indignarse personalmente con el interlocutor de forma ostensiva, con amenazas verbales y hasta agresiones físicas, hoy tal comportamiento de indignación agresiva se ha vuelto moneda común gracias al confort, protección y distancia física propiciados por internet. Para muchos de esos progresistas de las izquierdas de variados matices (y no sólo para ellos), internet es un poderoso estimulante del comportamiento, como la cocaína o el crack para los criminales.

  Usando el teclado como escudo, difaman, injurian, calumnian y se pasean por otros artículos del código penal sin el menor escrúpulo o drama de conciencia. Lo hacen porque se consideran inimputables legalmente e ideológicamente. Y son inimputables porque están apoyados y justificados por el pensamiento político y cultural dominante generado y legitimado por los intelectuales y difundido y ratificado por la intelligentsia.[i]

  Si la cosmovisión que les es transmitida por la mayoría de los profesores desde la enseñanza básica, donde gana un ropaje científico, con aceptación activa o pasiva de los padres, familiares, amigos y compañeros, es ratificada y ampliada por cierta prensa, comentaristas, personalidades culturales, intelectuales e incluso empresarios, es comprensible que la consideren correcta, como la única y perfecta respuesta para todos los problemas ocurridos dentro de la sociedad.

  Cuando se cree acríticamente en una idea o en un cuerpo de ideas como siendo un instrumento de perfección y de resolución plena y absoluta de todas las cuestiones que regularmente emergen en la vida en sociedad – la cual está formada por la interacción entre individuos con deseos, anhelos, necesidades y objetivos diferentes -, la imperfectibilidad intrínseca a cualquier creación humana es simplemente ignorada o estratégicamente descartada, para que la ideología cumpla su destino histórico.

  De esa forma, una posición contraria a aquel sistema de pensamiento, a aquella mentalidad, a aquella falaz estructura de utopía realizable en el futuro, no es entendida o asimilada como aquello que realmente es, sino como una afrenta, una ofensa, una reacción estúpida y débil a una manifestación superior de inteligencia.

  El tono de toda reacción izquierdista suele ser: “¿cómo osas cuestionarme?”.

  La influencia de los intelectuales en una democracia puede ser inmensa o crucial en el curso del desarrollo social, a depender “de las circunstancias adyacentes, incluyendo los niveles de libertad para la propagación de sus ideas, en vez de hacerse meros instrumentos de propaganda, como sucede en los países totalitarios”.[ii]

  Y mientras más amplio sea el ambiente de libertad en que el intelectual progresista puede expresarse y ejercer su influencia, mayor la posibilidad de convencimiento y persuasión de una parte de la sociedad en relación a las ideas que ponen en riesgo exactamente ese ambiente de libertad que permitió la propagación de estas ideas.

  El profesor Mark Lilla, que diseccionó el asunto en su excelente The Reckless Mind: Intellectuals in Politics, relata que “profesores distinguidos, poetas talentosos y periodistas influyentes reunieron sus habilidades a fin de convencer a todos sus oyentes y admiradores de que los tiranos modernos eran libertadores y que sus crímenes hediondos eran nobles – sólo hacía falta verlos bajo la perspectiva correcta”.

  Aquel que se dedicara a “escribir, honestamente, sobre la historia intelectual del siglo XX en Europa”, advirtió Lilla, tendría “que tener un estómago fuerte”.[iii]

  ¿Por qué razón los intelectuales progresistas y la intelligentsia atentan contra la sociedad y el ambiente de libertad que los permitió existir y expresarse?

  Una parte de la respuesta tal vez esté en dos puntos claramente identificables: el primero es que se consideran superiores a los demás individuos, como si fueran los elegidos, o, para usar la expresión de Sowell, los ungidos,[iv] listos para iluminar y conducir a la sociedad; el segundo es una peculiar visión de sociedad basada en la concepción de personas abstractas que viven en un mundo abstracto, lo que hace posible crear intelectualmente un modelo ideal de sociedad que exige la exclusión de la realidad.

  En el primer punto, la certeza de la superioridad moral e ideológica hace que esos intelectuales miren a la humanidad como un problema incómodo a ser resuelto, y con desprecio a sus críticos, convertidos en enemigos y siendo un mal a ser extirpado. Esa perspectiva desborda a la intelligentsia y da pábulo a la furia de los tontos útiles (funcionarios, estudiantes universitarios, desempleados, resentidos etc.). Muchos de ellos ni siquiera saben que son meros instrumentos de una causa, pero actúan en sus ambientes (en cursos de graduación y departamentos universitarios, por ejemplo) como una minoría histérica que se presenta al debate como legítimos representantes de los grupos de los cuales forman parte (la mayoría silenciosa, interesada en trabajar o estudiar, acaba por ser afectada y despreciada).

  Internet, para la intelligentsia y sus inocentes útiles, funciona como un megáfono moderno. Ellos ocupan las redes sociales, los espacios de comentarios de blogs y webs, crean sus propios blogs y webs, muchos financiados por el gobierno de turno, para vocalizar su ideología, hoy dominante, y atacar los enemigos. Tengo la certeza de que usted, lector, en algún momento, ya se ha encontrado con uno de esos, aunque no haya sido una víctima directa de los ataques.

  El modus operandi es siempre el mismo, sea en la acción o en la reacción. Sobreponen temas frenéticamente, lanzan informaciones falsas o adulteradas, distribuyen las acusaciones más estúpidas, muchas veces valiéndose del polilogismo. Hacen, finalmente, lo que pueden para no permitir que ninguna discusión prospere, pues esto exhibiría la fragilidad de los argumentos o la propia ignorancia individual acerca del tema en cuestión. Es una imposibilidad desarrollar un debate de ideas y una ingenuidad esperar que pueda haberlo. Se trata, las más de las veces, de pérdida de tiempo y de un coste emocional.

  En lo que atañe al segundo punto, o sea, la visión social peculiar anclada en personas abstractas viviendo en un mundo abstracto, la realidad, para esos intelectuales progresistas, es un obstáculo a ser superado. Porque las personas reales y el mundo existente no pueden ser moldeados o rediseñados de acuerdo con la teoría. Por otro lado, las personas y el mundo abstractos, aquellos que sólo existen en un ejercicio teórico de abstracción, pueden ser concebidos, remodelados, reprogramados según la necesidad circunstancial y las contingencias.

  Así, cuando el régimen en el poder decide aplicar a la realidad el sistema construido bajo las abstracciones, hay un choque violento que resulta en víctimas de carne y hueso. Si el real no se adecua al abstracto, peor para el real y para todos los que en él viven.

  Según Sowell:

Cuando otros mencionan o tienen en cuenta las diferencias reales entre personas reales, los intelectuales son los primeros en declarar que son meras “percepciones” y meros “estereotipos”. Raramente se pregunta o suministran las pruebas para conclusiones tan apresuradas. La igualdad abstracta es el punto de partida a priori de sus suposiciones. No hay motivo alguno para que personas abstractas tengan resultados diferentes cuando sus diferencias reales en capacidad fueron, abstractamente, descartadas. (…)

La excepcional facilidad que tienen los intelectuales tienen para lidiar con las abstracciones no elimina la diferencia entre esas abstracciones y el mundo real. Ni garantiza que aquello que es válido y verdadero para esas abstracciones sea igualmente verdadero en la realidad, mucho menos garantiza que las sofisticadas visiones abstractas de los intelectuales deberían pasar por encima de las experiencias directas de las personas viviendo en el mundo real.

Los intelectuales pueden, de hecho, desconsiderar las “percepciones” de los otros, tachándolas de “estereotipos” o “mitos”, pero eso no es lo mismo que probar que están empíricamente erradas, aun cuando un número notable de intelectuales actúa como si lo estuvieran.

Por detrás de la práctica diseminada de considerar las diferencias de grupo en “representaciones” demográficas, en varias profesiones e instituciones, y utilizando los niveles de renta como evidencia de discriminación, existe la noción implícita de que los grupos no pueden ser diferentes o que cualesquier diferencias son culpa de la “sociedad”, la cual debe corregir sus errores y sus pecados.[v]

  Sowell considera que el punto fundamental “no es decir que la intelligentsia estaba engañada o mal informada sobre determinadas cuestiones”, sino “que, al pensar en términos de personas abstractas en un mundo abstracto, los intelectuales evitan a la responsabilidad y al trabajo arduo de captar los hechos reales sobre personas reales viviendo en un mundo real, hechos que generalmente explican las discrepancias entre lo que los intelectuales ven y lo que a ellos les gustaría ver”.

  Aceptar la realidad, a mi parecer, no sólo es más trabajoso y exige responsabilidad, sino que hace imprescindible reconocer su existencia, o sea, las variaciones, sutilezas, limitaciones, imperfecciones. Eso explica por qué, según el autor, muchos intelectuales interpretan como errores del mundo las diferencias entre teoría y realidad que están en el origen de la confusión de creer que son problemas sociales.

  Pero esa confusión, ideológicamente orientada, sirve para justificar la implantación de medidas políticas desde arriba hacia abajo por el poder centralizado al que sirven los intelectuales en mayor o menor grado.

  Para los tontos útiles en las universidades, mucho de ellos revolucionarios de Facebook sumergidos en el mundo abstracto de personas abstractas creado por los intelectuales y por la intelligentsia (representada por sus profesores, directores de departamentos), la realidad representada por individuos concretos con una visión del mundo contraria a la suya es un choque. Y el impacto de ese contacto les provoca repugnancia y reacciones destempladas.

  Se trata de una situación interesante y un tanto absurda si consideremos que una parcela de esos jóvenes tendrá contacto con el mundo real a través del mundo virtual. Cada actitud reaccionaria personalmente o por las redes sociales es derivada de ese espanto con la realidad. El grado de agresividad parece estar relacionado y ser proporcional al nivel de abstracción desarrollado por el agente.

  El desequilibrio expuesto en esas reacciones también puede ser explicado por la salida de la zona de confort que la ideología ofrece a partir de las abstracciones, de las orientaciones, o de las órdenes emitidas por un cuerpo de ideas que comprende y agrega una única solución para todos los problemas. Vivir dentro de esa burbuja es más confortable que encarar la incómoda condición de mantener una visión crítica (e imperfecta, sin respuestas listas y acabadas), no-dogmática, intelectualmente honesta. Por encima de todo, es poco confortable la posición de vivir en un ambiente de incertidumbres en el cual es preciso en cada momento asumir los riesgos de las propias elecciones y probar la dimensión de su responsabilidad.

  “La carga de tomar las propias decisiones es, para muchas personas, intolerable. Estar vinculado a la necesidad de decidir por cuenta propia es ser esclavo de sus propios ímpetus”, afirmó el escritor Anthony Burgess en un texto primoroso. “Es más fácil recibir orientaciones: fume tal cigarrillo – 90% menos de alquitrán; lea tal libro – 75 semanas en la lista de best-sellers; no vea tal película”, añadía.

  La semana pasada, conversé con un profesor de una universidad federal. Su relato me dejó aún más asombrado de lo que podría imaginar previamente. El nivel de la manipulación ideológica del departamento al que está vinculado ya ultrapasó hace mucho la patología, la estupidez y la mera deshonestidad. Para hacer la historia aún más absurda, se convirtió en la víctima preferencial del jefe del departamento y de los demás profesores del curso, así como de los alumnos incitados por aquellos, por no someterse a aquella visión de mundo, de la sociedad, de los individuos, de la política, de la ideología.

  Instigado por el profesor para verificar un ejemplo ínfimo de lo que vive profesionalmente, visité la comunidad de Facebook donde esos personajes militan en detrimento de la universidad y de la inteligencia. Lo que leí puede hacer dudar a cualquier persona sensata de que una parte de la humanidad fuera agraciada con las conquistas del proceso civilizatorio. Profesores y alumnos compitiendo en aquella esfera de estupidez elevada o pretenciosa que el escritor austríaco Robert Müsil consideraba como la verdadera enfermedad de la cultura y que se infiltraba en las más altas esferas intelectuales, tenía enorme influencia dentro de la sociedad y se manifestaba con la participación activa “en la agitación de la vida intelectual, especialmente en su inconstancia y ausencia de resultados”.[vi]

  En aquel universo restringido de la red social, a cada tentativa de concatenación de falta de ideas combinadas con insultos, emergía la prueba empírica de cómo se desarrolló y se manifiesta esa estructura de pensamiento progresista y el horror que sus agentes expresan de forma agresiva contra el elemento de perturbación de aquel orden. Eso suscitaba ataques y ultrajes de los más variados contra el profesor, que, ante mi sugerencia diplomática, me respondió que de ninguna manera saldría de aquel grupo, pues su posición era la única nota crítica en aquella tierra desolada.

  De alguna forma, cree que sus opiniones pueden influir en uno u otro alumno o profesor, o, aún más importante, demostrar que la minoría histérica no es la categoría exclusiva, virtuosa y superior que pretende ser.

  Si los intelectuales y la intelligentsia consideran el desacuerdo como una ofensa, el profesor usa la razón como instrumento de resistencia. Lo admiro. Lo apoyo.

[i] Uso intelectuales e intelligentsia en los sentidos atribuidos por Thomas Sowell en el excelente Os Intelectuais e a Sociedade (São Paulo: É Realizações, 2011), o sea como “una categoría ocupacional, compuesta por personas cuyas ocupaciones profesionales operan fundamentalmente en función de ideas – hablo de escritores, académicos y afines” (p. 16) e intelligentsia como el grupo formado “en gran parte por el cuerpo de profesores, activistas sociales, políticos, funcionarios judiciales y otros que fundamentan sus creencias o acciones a partir de ideas producidas por los intelectuales del primer escalón” (p. 21).

[ii] Ibid., p. 7.

[iii] Mark Lilla, The Reckless Mind: Intellectuals in Politics, New York: New York Review of Books, 2001, p. 198, citado por Thomas Sowell Os Intelectuais e a Sociedade, p. 9.

[iv] The Vision of The Anointed, Self-Congratulation as Basis for Social Policy, New York: Basic Books, 1995.

[v] Thomas Sowell, Os Intelectuais e a Sociedade, p. 182-184.

[vi] Robert Musil, Precision and Soul: Essays and Addresses, Chicago: The University of Chicago Press, 1990, p. 284.

2018-05-10T03:13:34+00:00

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