UN REACCIONARIO RADICAL: EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE MURRAY N. ROTHBARD

 

 

    – Miguel Anxo Bastos Boubeta – 

 

  

 

 

“Entonces, ¿cómo debemos llamarnos a nosotros mismos? No tengo una respuesta fácil, pero tal vez podríamos decir que somos “reaccionarios radicales” o “derechistas radicales”, la etiqueta que nos fue dada por nuestros enemigos en los años 1950. O, si hay demasiada objeción al temido término “radical”, podemos seguir la sugerencia de algunos de nuestro grupo de que nos llamemos “la derecha dura”. Cualquiera de estos términos es preferible a “conservador”, y también sirve para la función de separarnos a nosotros mismos del movimiento conservador oficial que, como voy a señalar en un minuto, ha sido tomado extensamente por nuestros enemigos”.

Murray N. Rothbard. “A Strategy for the Right!”

 

  1. Introducción.

  El pensamiento político de Murray N. Rothbard ya comienza a ser bien conocido entre nosotros gracias al resurgir reciente de la escuela austríaca de economía (Huerta de Soto, 2000), de la que Rothbard fue uno de sus más destacados miembros, y a la traducción al español de algunas de sus obras principales, como su monumental obra póstuma Historia del pensamiento económico (Rothbard, 1999a). No así su pensamiento político y social, injustamente relegado entre nosotros a notas a pie de página en los manuales de teoría política a pesar de que contribuye a inaugurar una de las tradiciones más fértiles de la derecha norteamericana el anarcocapitalismo o libertarianismo radical (Zoll, 1971; Gottfried, 1993), sintetizando en una obra de profunda originalidad elementos extraídos de la economía austríaca, la teoría política lockeana y la filosofía iusnaturalista (Barry, 1983; 1986). Rothbard fue un científico social interdisciplinar que abordó de forma interrelacionada el estudio de la economía, la política, la historia y la filosofía de las ciencias sociales como ciencias de la acción humana rechazando por sistema en todo momento la pretensión de estudiarlas desde paradigmas metodológicos formales provenientes de las ciencias naturales (Rothbard 1997a; 1997b; 1997c). Su pensamiento político es de una gran coherencia a lo largo del tiempo, centrado siempre su crítica en la naturaleza esencialmente predatoria y coercitiva del estado, su aislacionismo en política exterior, su visión elitista de las relaciones entre estado y sociedad y su libertarianismo radical, que lo llevó a idear un orden político libertario. No así su práctica política, que osciló de derecha a izquierda, pasando por su decisiva participación en la fundación del Libertarian Party norteamericano, volviendo a apoyar al fin de su vida plataformas de derecha dura, pero siempre defendiendo las mismas ideas y siendo, en sus propias palabras, más radical cada día en su defensa (Raimondo, 2000).

  En este trabajo pretendemos realizar una aproximación a los aspectos más originales de su pensamiento político, sin pretender abordar aquí, por las características de este trabajo, el estudio ni de sus aportaciones a la ciencia económica ni de las raíces filosóficas de su pensamiento, que ya fueron tratadas, con matizada animosidad en la obra de Sciabarra (Sciabarra, 2000) o con más simpatía en el trabajo de Powell y Stringham (Powell and Stingham, 2004). Rothbard no precisa de introducciones para ser leído (él mismo dijo en una entrevista, que ahora no logro localizar, que la diferencia entre Mises y Keynes era que el segundo precisa de libros introductorios para ser entendido mientras que Mises puede ser leído directamente por una persona culta lo que probaría su superior claridad de ideas) pues su prosa es asombrosamente clara, incluso para un lego en estas materias, por lo que este trabajo lo único que pretende es llamar la atención sobre uno de los pensadores políticos, a mi entender, más importantes del siglo XX y procurar que sus ideas entren en el debate académico hispano.

 

  1. El orden libertario de Rothbard.

  El anarquismo norteamericano en el que se inspira Rothbard permaneció unido hasta el último tercio del siglo XIX en el que la violencia desatada por los anarquistas de izquierdas llevó a los libertarios individualistas a separase del movimiento anarquista internacional y a constituir una tradición propia (McElroy, 2000), centrada en la crítica radical del estado pero desde postulados no colectivistas y defendiendo el orden de mercado como base para una sociedad anarquista. Autores norteamericanos como Josiah Warren, Voltairine de Cleyre, Lysander Spooner, Albert Jay Nock y Benjamín Tucker o europeos como Herbert Spencer o Gustave de Molinari (Zanotto, 2001; Hart, 1981a) formulan a fines del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX duras críticas al estatismo en todas sus formas y diseñan los principios e instituciones de una sociedad sin estado pero coordinada a través del mercado e instituciones capitalistas (Cubbedu, 1999). Destaca entre estos la obra de Gustave de Molinari, un economista belga que establece una sociedad en la que incluso la defensa será llevada a cabo por agencias privadas y en la que la plena propiedad privada será la institución que permita definir y ordenar los deberes y obligaciones sociales. A partir de estos antecedentes Rothbard construye su sistema libertario individualista primero a través del diseño de un orden político libertario, expresado en su manifiesto For a New Liberty (Rothbard, 1978) y segundo a través de su diferenciación del conservadurismo clásico, del que toma muchos temas, pero al que critica por estatista en varios artículos publicados a lo largo de varios años en la revista conservadora Modern Age (Rothbard 1961; 1980; 1981). Aparte de su teoría de los derechos naturales, deudora de las viejas ideas tomistas del derecho natural, lo más interesante del libertarianismo rothbartiano es su diseño de instituciones de mercado que suplirían las tareas ahora desempeñadas por el estado. En educación Rothbard propone una privatización radical de la enseñanza (Rothbard, 1978; 1999b) no admitiendo ni siquiera fórmulas intermedias como los bonos, a los que considera estatistas. Rothbard parte de la idea de que no se puede definir objetivamente un conjunto de contenidos mínimos que deban ser aprendidos por los estudiantes, considerando por tanto que buena parte del aprendizaje escolar es adoctrinamiento en valores funcionales a los gobernantes de turno. La escuela es fuente de un sinfín de guerras culturales (oración, evolucionismo, nacionalismo, velo…) que sólo podrán ser resueltas permitiendo a los padres comprar la cantidad y calidad que ellos, únicos legitimados para educar para Rothbard, deseen de educación y en los valores y creencias que estos elijan. Nuestro autor es además muy crítico con la institución escolar, siguiendo la estela de otros libertarios como Paul Goodman, pues la considera apta como depósito de niños o instrumento de ingeniería social, pero no la institución más adecuada para el aprendizaje pues estandariza el conocimiento dejando insatisfechos y frustrados a quienes se apartan del promedio, si es que se puede hablar de alumnos promedio.

   En lo que se refiere al estado del bienestar Rothbard reclama su completa desaparición, y sustitución para atender los casos extremos de pobrezas por el recurso a organizaciones privadas de caridad, ya sean laicas o religiosas como las de los mormones o las católicas. Su crítica al estado de bienestar se centra principalmente en dos argumentos. El primero es la inexistencia de derechos sociales. Los derechos sociales no son verdaderos derechos derivados de la naturaleza humana sino que son derechos arbitrariamente establecidos por políticos y juristas. Son derechos de contenido ambiguo y que implican coerción sobre otros para ser financiados. En segundo lugar Rothbard usa un argumento de tipo económico para criticar las políticas sociales. Según él cuando un determinado comportamiento se subsidia disminuye el desinterés en dejar de practicarlo y aumenta el incentivo en practicarlo. De esta forma si se subvenciona el desempleo o una situación de marginalidad disminuirá el deseo de abandonar tales prácticas, pues la situación objetiva mejorará, alterando las preferencias relativas a otro tipo de conductas. La guerra contra la pobreza mejorando la situación de los pobres aumenta la pobreza, es la conclusión que saca Rothbard de los programas sociales. Pero quizá lo más llamativo de Rothbard son sus radicales propuestas en temas de seguridad, justicia y medio ambiente, pues sus propuestas de desintervención del estado en la vida económica no son nuevas en el pensamiento económico. Rothbard propone la sustitución de los ejércitos y policías estatales por agencias de seguridad privadas, al estilo de las agencias de detectives existentes en el oeste americano durante el siglo XIX (Anderson y Hill, 1979), por compañías de seguros (Osterfeld 1989) y por la autodefensa, con plena libertad de posesión de armas. La justicia privada hará uso habitual de árbitros y jueces privados, al estilo de la weberiana justicia del cadí, y estará basada en la restitución a la víctima del daño hecho por el victimario, inspirándose para la justicia penal en las prácticas consuetudinarias presentes en la Islandia o en la Irlanda medievales. Con respecto al medio ambiente, Rothbard comienza por discrepar sobre el valor que tiene la naturaleza, para él muy distinto del que tiene para los ecologistas, y después pasa a afirmar que si para alguien tiene valor el conservar un medio ambiente impoluto, los mecanismos del mercado son los más adecuados para garantizar tal conservación. Los cotos de caza, mantienen vírgenes muchos parajes y garantizan la conservación de la fauna sin imponer costes a terceros; los bosques privados garantizan la masa forestal debido al interés de los madereros en mantener constante el stock de árboles y en incrementar el valor de sus tierras; la compra de tierras para mantenerlas vírgenes o para explotarlas turísticamente es la solución más adecuada para mantener la belleza de los parajes naturales. Rothbard confía plenamente en la eficacia de los mercados para mantener limpio el medio ambiente y achaca al estado el fracaso manifiesto en la conservación del aire , el agua y la tierra sometidos desde hace muchos años al dominio público, siendo este quien debe dar cuentas de su mala gestión, no el mercado.

  Pero aparte de su original diseño institucional a Rothbard le gusta eliminar equívocos sobre el libertarianismo. Él era un conservador cultural y estaba cómodo en los ambientes culturales de la derecha por eso busca bien delimitar su pensamiento de forma negativa, esto es criticando los mitos existentes sobre el movimiento. Rothbard se cuida mucho de disociar al libertarianismo del libertinismo, en línea con lo anteriormente dicho. La filosofía libertaria (Rothbard, 1980) no establece ninguna pauta de conducta, sólo la libertad de que cada uno practique el tipo devida que desee. Hay libertarios libertinos y libertarios burgueses y lo único que tienen en común es su oposición a la imposición estatal de formas de vida. Tampoco tienen los libertarios una postura definida sobre la religión o los aspectos espirituales de la vida, ni a favor ni en contra, al ser estos aspectos que corresponde a cada individuo determinar. Los libertarios consideran que cada individuo es el mejor juez de sus propios intereses y que las personas que dirigen el estado no tienen ni capacidad ni legitimidad para imponer sus visiones sobre la vida humana o la sociedad a un individuo adulto y racional.

  Como sucintamente acabamos de ver el pensamiento libertario de Rothbard es de una gran originalidad, sus análisis son rigurosos y coherentes lógicamente, pero adolecen de un grave defecto, el carecer de una estrategia adecuada para llevarlos a cabo. Falta en el pensamiento de Rothbard y en general en el pensamiento libertario, una reflexión sobre la democracia, esto es si un gobierno electo democráticamente puede acabar sin posibilidad de reversión con el sistema político existente, sobre qué proporción de votos sería necesaria, y falta definir si un país puede abolir su estado unilateralmente o si deben hacerlo todos a la vez. La transición a la sociedad anarquista presenta problemas muy semejantes a los de la transición al socialismo, como bien apuntó un académico cercano a estas posturas (Kukathas, 2003).

 

  1. La política exterior de la Old Right.

  Rothbard se crió intelectualmente en el ambiente de la Old Right (Rothbard, 1999c) norteamericana y permaneció siempre fiel a sus postulados aislacionistas. La Old Right estaba formada por un heterogéneo conjunto de intelectuales, de muy diversa procedencia ideológica pero unidos por su radical oposición a las intervenciones militares nortamericanas fuera de sus fronteras y más matizadamente a las políticas estatistas del New Deal (Richman, 1996). El movimiento tiene sus raíces en la oposición a la guerra de Cuba y sobre todo en la oposición a la primera guerra mundial (Raimondo 1999) en principio en torno a individualistas de derecha como Mencken, y Jay Nock a los que se sumarán escritores de ideología similar como el discípulo de Mencken, Frank Chodorov, o las escritoras Isabel Paterson o Rose Wilder Lane, agrarios y populistas del sur o del medio oeste como el escritor Louis Bromfield o el coronel McCormick e incluso liberales desencantados con Roosevelt como John T. Flynn o Charles Beard (Raimondo, 1993; Philbin, 2000). Rothbard desde su juventud simpatiza con las ideas de Mencken y se introduce en el ambiente intelectual de la nueva derecha, cuyo ideario no asume como propio convirtiendo el aislacionismo en política internacional como el eje sobre el que va a girar toda su actuación política. El Rothbard aislacionista no está preocupado por modelos teóricos abstractos sino por influir en la vida política de su tiempo. Es un Rothbard que abandona en parte su anarquismo y piensa en clave americana. Sus visiones sobre el aislacionismo las mantiene en numerosos panfletos partidistas y ensayos de combate pero tambien en ensayos académicos (Rothbard 1978b; 1999d) que nos dan una visión teórica más elaborada de su pensamiento al respecto y que resultan más coherentes con su visión general de la política. Sus visiones teóricas sobre la política exterior pueden sintetizarse en dos argumentos principales, muy enlazados como dijimos con el resto de su pensamiento político. En primer lugar se opone a la guerra porque, usando una frase de Randolph Bourne, la guerra es la salud del estado. Esto es, en tiempos de guerra el gobierno puede implementar políticas que no osaría hacer en tiempos de paz y puede, por tanto, incrementar espectacularmente su tamaño y su poder aprovechando las épocas de crisis. En épocas de guerra y aprovechando el estado de ánimo de la población los gobiernos suben los impuestos, reducen las libertades, reclutan por la fuerza a los ciudadanos para los ejércitos, imponen controles de precios y manipulan la moneda y el crédito. Un antiintervencionista como Rothbard no puede menos que sospechar del uso político de las guerras por parte de los gobernantes y de ahí su radical oposición a las guerras en el extranjero. Pero esto no quiere decir que Rothbard sea un pacifista, pues su oposición es sólo contra las guerras en las que no existen amenazas claras contra el territorio norteamericano o las personas que en el habitan bien por defenderse de agresiones del propio estado contra sus ciudadanos. No cree por lo tanto en guerras por ideales abstractos como la libertad o la democracia y sí en guerras en defensa de los derechos ciudadanos agredidos, como las dos guerras justas que cita, la de Independencia de los EEUU y la de secesión, desde el punto de vista del sur. Ambas son, en su opinión, guerras por motivos fiscales y guerras de secesión, en la que un grupo de individuos decide separarse de un estado y establecer otra unidad política. La segunda de las razones por las que Rothbard defiende la no injerencia en los asuntos internos de otros países es una valoración de la neutralidad como algo positivo, siguiendo la doctrina clásica de las relaciones internacionales. Las relaciones internacionales de hoy en día casi obligan a tomar partido en los conflictos internaciones y a involucrarse en ellos cuando eso sólo conduce la extensión y generalización de los conflictos, como fue el caso de la primera guerra mundial. La intervención en conflictos localizados genera paces precarias y no resuelve la raíz de los problemas, además de vulnerar el principio tan querido por Rothbard del derecho a la auto- determinación de los pueblos. El tema de la política exterior es vital para Rothbard. De hecho la principal explicación del alejamiento de Rothbard de la corriente principal del conservadurismo norteamericano o neoconservadurismo (Nash, 1996; Gottfried, 1993; Oliet 1993)) es el apoyo de estos últimos y muy en especial de su líder William Buckley, editor de la National Review, la revista conservadora más influyente de Norteamérica, a las políticas de contención del comunismo derivadas de la guerra fría y en concreto la guerra de Corea.

 

  1. La teoría del Estado de Rothbard: elitismo y predación.

  La teoría del estado de Rothbard se expresa en una serie de textos sobre la naturaleza del estado y sus polémicas con otros filósofos políticos, recogidas posteriormente en un libro, La ética de la libertad, (Rothbard 1995a) y en un ensayo sobre las élites (1995b) en los que se expone su muy original visión del estado y de las clases que lo dirigen. Rothbard parte de la naturaleza esencialmente coactiva del estado. Rothbard influido por el sociólogo alemán Franz Oppenheimer (Oppenheimer, 1972) distingue entre medios políticos y medios económicos a la hora de establecer interrelaciones sociales y económicas. Los medios económicos se basan en el intercambio e implican relaciones pacíficas y cooperativas de las que ambas partes se benefician. Los medios políticos en cambio implican siempre algún grado de coerción por parte de alguna de las partes sobre las otras. Rothbard ve al estado, paradigma del uso de los medios políticos como un ente inmoral por naturaleza, pues su mera existencia implica coerción, ya sea impidiendo a una persona hacer lo que desee con su propiedad, ya obligando a un individuo a realizar una determinada prestación monetaria o personal en beneficio del estado, ya impidiendo que dos personas lleguen a acuerdos libres para beneficiar a una tercera que es protegida por el estado. Rothbard ve al estado inmoral desde su inicio, lo que le llevó a duras polémicas con minarquistas como Nozick, a quien critica en un capítulo de La ética de la libertad por ignorar el vicio de origen del estado, su carácter coercitivo.

  Al carácter coercitivo del estado Rothbard le suma su carácter predatorio. Rothbard se suma a aquellos autores que ven el origen del estado en la predación. Según esta visión, compartida por autores de muy variadas tendencias ideológicas, el estado nace de la conquista de un territorio con sus gentes por parte de una minoría guerrera que primero se instala como dominadora imponiendo un dominio directo y cobrando tributos a cambio de “protección” y después, con el tiempo se institucionaliza y logra alcanzar alguna suerte de legitimación religiosa o intelectual para su dominio logrando que poco a poco sea considerado como algo imprescindible en la vida de las gentes. Rothbard describe la cara más brutal del estado al afirmar que el estado no es más que una mafia o un conjunto de bandidos protegidos por ideologías legitimadoras que le dan respetabilidad.

  De esta visión del estado Rothbard deriva una teoría de las clases sociales que curiosamente comparte sus orígenes con la teoría marxista del estado (Raico, 1993; Stromberg, 2001), aunque no sus conclusiones. Rothbard y Marx comparten la influencia de los liberales franceses del siglo XIX, Say, Comte y Dunoyer en su visión dicotómica de las clases sociales, según la cual en toda sociedad hay dos grandes clases, una explotadora y otra explotada. La diferencia es que para Rothbard y los liberales clásicos las clases se definen en relación al estado mientras que en Marx se definen en relación a la posesión de los medios de producción. La teoría libertaria de las clases tal como es expuesta por Rothbard define a una élite legitimada intelectualmente para gobernar que usa el aparato del estado en su provecho a costa de los ciudadanos pero de una forma muy sofisticada y elaborando políticas que favorezcan tal legitimación. Su visión es muy sofisticada y centrada en las sociedades capitalistas avanzadas distinguiendo varios niveles en la toma de decisiones (Grinder y Hagel 1977) desde la toma última de decisiones a la gestión política cotidiana, pero siempre teniendo en cuenta que el beneficiario último del sistema es la élite económico-financiera que dirige el país. Rothbard en sus libros, en especial los referidos al sistema bancario (Rothbard 1983) explica como la élite económico-financiera, que él asocia especialmente con la familia Rockefeller, manipula la moneda y el crédito para defender los intereses del sistema bancario o realiza intervenciones exteriores en beneficio de sus propios intereses perjudicando con tales medidas al común de los ciudadanos. De hecho sus análisis sobre la Reserva Federal norteamericana (Rothbard, 1994) nos muestran a un banco central establecido en defensa de los intereses bancarios de la oligarquía y siempre dispuesto a salir en su defensa cuando las circunstancias son adversas. Tal élite sería la beneficiaria de la existencia del estado monopolista y buscaría la alianza de otros estratos sociales como la burocracia y los intelectuales adictos a los que beneficiaría para llevar a cabo sus propósitos. Habría entonces dos clases, una netamente beneficiada de la existencia del estado y otra netamente perjudicada. Como vemos la visión rothbardiana de las clases, muy influenciada por autores izquierdistas como Mills (Mills, 1960) y Domhoff (Domfoff, 1969) y por elitistas clásicos como Pareto, describe a una élite unida por lazos familiares y educativos aliada a una nueva clase de intelectuales que contribuirían a su hegemonía político-intelectual.

  Sus escritos se encaminan a la crítica de esta clase defendiendo a los únicos, que a su entender, pueden cortocircuitar su ascenso, los populistas. Rothbard defiende en sus obras más panfletarias (Rothbard 2002)a los movimientos populistas, por simpatía a sus postulados, sin llegar nunca a elaborar un análisis político elaborado como si lo harán autores próximos a él en este aspecto (Taguieff, 1995; Bresler, 1995) pero sí manifestando sus preferencias por movimientos políticos próximos al hombre común. Rothbard abomina del dirigismo estatista de las élites y de las reformas culturales que propugnan (multiculturalismo, acción afirmativa, integración escolar) y defiende ideas próximas al hombre común, encarnado en los habitantes del sur y del medio-oeste norteamericano que constituyen la antítesis del ideario de la nueva clase. Defiende bajadas de impuestos, aislacionismo, libertad de posesión de armas, boicots a los negocios e intereses de la nueva clase y lo que se conoce como grass root politics, esto es una política hecha desde la base no desde los despachos de los dirigentes de los grandes partidos.

  El pensamiento de Rothbard sobre el estado y las clases es sumamente original y tiene la virtud de llamar la atención sobre el liberalismo francés del siglo XIX y sobre la teoría de las élites contemporáneas al sintetizarlas en un discurso coherente, pero sin embargo es también una de las partes de su pensamiento que peor encaja dentro de su sistema. Rothbard, como buen subjetivista no puede determinar tan tajantemente, como lo hace quienes son los beneficiados o los perjudicados por la acción del estado, primero porque la satisfacción o insatisfacción con él es algo subjetivo y difícilmente medible y segundo porque no se puede saber con exactitud cuánto es el saldo neto para cada individuo de su relación con el estado. Es más correcto e inteligente afirmar como Bastiat, autor que Rothbard admiraba mucho, que el estado es una ficción en la que todos pretenden vivir a costa de los otros que tratar de determinar con precisión cuáles son los beneficiados y cuáles los perjudicados por el estado y sobre todo si existe una consciencia de serlo que permita la acción política consciente. El juego de la política actual está lleno de transferencias cruzadas que no permiten a priori determinar la existencia de grupos conscientes de su beneficio o perjuicio en relación al estado, pues todos ganan y pierden en los procesos de redistribución originados directa o indirectamente por el estado.

 

Conclusión.

  A Murray Rothbard le gustaba considerarse a sí mismo, como vimos en la nota que encabeza el artículo, como un reaccionario radical, en el sentido de que quería volver a la América de antes de 1910, en la cual el estado tenía pocas funciones, los impuestos eran bajos, la moneda sólida y la nación vivía en feliz aislamiento protegida por dos océanos. Su odio por el estado fue absoluto y cuanto más crecía este más radical se volvía en su combate. Su teoría política es el reflejo de una pasión y como toda obra inspirada por la pasión impacta al lector y no le deja indiferente. Es una obra sumamente original y extraordinariamente imaginativa, en especial sus soluciones de mercado a la justicia o a la seguridad en las que se enlazan de forma magistral la teoría política libertaria y la ética iusnaturalista con el rigor económico de la escuela austríaca. Acierta también en sus referencias a la inmoralidad del origen del estado y del contractualismo y en el elitismo con el que se forman muchas políticas, pero falla al no explicar qué estrategia sería adecuada para llevar a cabo sus proyectos políticos sin incurrir en muchos de los males que él mismo critica. De todos modos, para el estudioso de la teoría política la obra de Rothbard es un filón de ideas y de temas nuevos de investigación y le obligará a replantearse muchas de las certidumbres con las que habitualmente operaba.

 

 

 

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Artículo extraído de la Revista de Investigaciones Políticas y Sociológicas de la Universidad de Santiago de Compostela.

 

2017-08-28T21:18:37+00:00

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