TRABAJO, EMPLEO, AHORRO Y CAPITAL

 

    –  Leandro Roque –    

 

   ¡Falta empleo!”

  Esa es siempre una exclamación muy frecuente. Curiosamente, otra exclamación- que aparentemente es la opuesta- siempre se mantuvo válida, independiente de la época: “¡sobra trabajo que hacer!”

  Parémonos a pensar: vivimos en un mundo de escasez. Ningún bien o servicio surge sin más de la nada. Todos necesitan ser creados y trabajados. Un coche no surge de la nada. Es preciso trabajar el acero, el aluminio, la goma y el plástico que van a formarlo. Y esos cuatro componentes tampoco surgen de la nada. Necesitan ser extraídos de la naturaleza y/o fabricados. Lo mismo es válido para todos los otros bienes de consumo que usted pueda imaginar, de laptops a aviones, pasando por tornillos, palillos e hilo dental. Todos necesitan ser trabajados.

  De la misma forma, el hecho de tener hambre no va a hacer que surja una pizza lista para comer. Alguien necesita trabajar para hacerla. Y los ingredientes utilizados en la fabricación de esa pizza, por su parte, tampoco surgieron de la nada. Todos ellos necesitaron ser fabricados y/o plantados y recogidos.

  O sea: no vivimos en la abundancia. Las cosas no existen abundantemente a nuestra disposición. Todas ellas necesitan ser trabajadas. Siendo así, siempre habrá, en todo lugar, algún trabajo que necesita hacerse. Sea en la fabricación de un bien de consumo, sea en la prestación de algún servicio – bien sea la limpieza de una ventana, el cambio de una bombilla o la limpieza de algún baño.

  Esto nos conduce al punto principal: ¿por qué hay escasez de empleo si hay una infinidad de trabajo que necesita hacerse?

  Ahora bien, ese desajuste sólo puede ser causado por algún tipo de interferencia en el mercado – es decir, en la arena donde la demanda de bienes y servicios y la oferta de mano de obra para ejecutarlos se equilibran.

  Cuando los austríacos dicen que en un libre mercado genuino no habría desempleo, se están basando justamente en el hecho de que vivimos en un mundo de escasez donde siempre hay algún trabajo que necesita hacerse.

  Por ejemplo, en un mercado totalmente desregulado, usted hallaría fácilmente a alguien dispuesto a pagarle – sin miedo a la regulación laboral – para cambiar una bombilla o limpiar una ventana diariamente.

  Sin embargo, en nuestra realidad, las cosas son diferentes. Son exactamente las reglamentaciones que el estado impone al mercado de trabajo – gravámenes sociales, además del salario mínimo – las que provocan ese desajuste entre demanda de trabajo y oferta de mano de obra.

  Lo que es más curioso: la demanda de trabajo es infinita y la oferta de mano de obra es limitada. En tal escenario, sería de esperarse un pleno empleo. Sin embargo, las intervenciones gubernamentales consiguen la proeza de invertir las cosas: la demanda por trabajo, antes infinita, pasa a ser más limitada que la oferta de mano de obra – por lo que surge el desempleo.

  Para que un individuo o una empresa opten por ofrecer un empleo a otro individuo, es necesario que exista un incentivo para ello. Pero con todas esas complicaciones creadas por el estado, los incentivos son cada vez más exiguos. El empleador tiene que considerar todos esos costes en relación con los futuros beneficios que un empleado adicional puede traerle.

  Los empleos se crearán sólo cuando haya oportunidades de beneficio o de mejora de bienestar (por ejemplo, cuando usted contrata a una señora de la limpieza). Si esos requisitos no existen, se hace irracional generar un empleo. Por tanto, cualquier medida gubernamental que eleve el coste del empleo no sólo impedirá que se creen nuevos empleos, sino que también provocará que muchos de los que ya existen sean destruidos. Cualquier medida que disminuya el potencial de beneficio derivado de una contratación disminuirá el número de oportunidades de trabajo creadas – lo que significa que la tributación de los beneficios también es un factor esencial en la capacidad de creación de empleos. Como ya explicamos aquí, todos deberían estar a favor de la reducción de los impuestos sobre los más ricos.

  Tras esta pequeña introducción, podemos entrar en los pormenores del proceso.

 

  Más allá de las regulaciones, el capital.

  Resulta obvio que no basta sólo con querer emplear a alguien. Es necesario tener los medios para ello.

  En el sector privado – es decir, en el sector de la economía en que los arreglos son voluntarios – todos los individuos tienen dos elecciones: o trabajan por cuenta propia o trabajan para terceros. Hay, sin embargo, un hecho ineludible: el trabajo es mucho más productivo cuando se hace en cooperación con algún capital.

  Un paréntesis: ‘capital’, en términos físicos, significa los activos físicos de las empresas e industrias. Capital son las instalaciones, la maquinaria, los stocks y los equipamientos de oficina de una fábrica o de una empresa cualquiera. Además del capital físico, hay también el capital intelectual, que son los modelos de proceso operacional, la estructura de organización y los modelos de previsiones financieras. O sea: capital es todo aquello que auxilia un modo de producción.

  Así, volviendo al razonamiento, como el trabajo es mucho más productivo cuando está asociado a algún capital, aquellos individuos que no poseen tales activos optarán naturalmente por trabajar para aquellos que se sacrificaron por más tiempo, ahorraron y, por eso, fueron capaces de acumular ese capital. Si usted no tiene capital para montar un restaurante, pero quiere trabajar en esa área, usted primero tendrá que asociarse a alguien que ya haya acumulado el capital necesario para tal empresa, y trabajar para esa persona.

  Esa asociación entre trabajo y capital genera un aumento de la productividad, aumento que será compartido entre el trabajador y el dueño del capital – y ambos estarán en mejor situación después de esa asociación (si eso no ocurriera, no habría tal arreglo).

  Hasta aquí, no hay mucho misterio.

  Pero hay algo de fundamental importancia: para poder contratar más trabajadores, los empleadores necesitan tener acceso al capital necesario para expandir y facilitar sus operaciones. Y mientras más abundante sea el capital, cuánto mayor sea la tasa per cápita de capital, más rico será el país. Siendo así, es importante responder a dos cuestiones esenciales: ¿de dónde viene el capital y qué hacer para incentivar su formación?

 

  Ahorro y capital.

  Memorice la siguiente frase: “el capital proviene del ahorro”.

  Repítase esa frase todas las veces que escuche a algún entendido diciendo que la receta para el crecimiento económico sostenible implica el aumento de los gastos gubernamentales o privados. El factor esencial para el crecimiento económico son las inversiones; y las inversiones sólo se pueden hacer cuando hay capital; y el capital sólo surge del ahorro.

  Ahora intentemos explicarlo más detalladamente.

  En una economía de mercado, el nivel de vida sólo aumentará cuando haya acumulación de capital (repitiendo, capital significa maquinaria, herramientas, equipamientos de oficinas y similares). Tal acumulación permite que la mano de obra sea más productiva, lo que consecuentemente resulta en una mayor productividad por trabajador. Esa mayor productividad genera una mayor abundancia de bienes de consumo. Y esa mayor abundancia hace que el precio de cada bien disminuya, lo que permite un aumento del consumo y del periodo de ocio, principalmente para las capas más pobres de la población.

  Merece la pena repetirlo: para que haya un mayor nivel de vida es necesario que exista una mayor abundancia de bienes consumo, y esa abundancia sólo se genera a través de un aumento del capital per cápita del país.

  Mises lo explicó cristalinamente: 

No hay otro método para hacer que suban los salarios que invertir más capital por trabajador. Más inversión por capital significa dar al trabajador herramientas más eficientes. Con la ayuda de mejores herramientas y máquinas, aumenta la cantidad de los productos y su calidad mejora. Ya que el empleador estará consecuentemente en posición de obtener más de los consumidores por lo que el empleado ha producido en una hora de trabajo, es capaz de y, por la competencia de otros empleadores, estará forzado a, pagar un precio más alto por el trabajo de ese hombre.

   O sea, cualquier otra manera de mejorar el nivel de vida de un país que no sea por medio del aumento del capital acumulado será completamente insostenible.

  Sin embargo – y ahí se encuentra el problema -, la inversión en capital sólo existirá cuando haya ahorro disponible para financiarlo. Y el ahorro sólo existe cuando hay una disminución del consumo, lo que implica un auto-sacrificio.

 

  Pero, ¿qué es el ahorro?

  Al contrario de lo que mucha gente piensa, ahorrar no significa aumentar el volumen de dinero en la cartilla de ahorro. Si fuera sólo eso, el gobierno y el banco central podrían hacerlo sin ningún problema.

  Ahorrar significa principalmente abstenerse del consumo. Por ejemplo, imagine que fuera usted un millonario despilfarrador. Así, usted compra ordenadores, laptops, coches, motos, jets, apartamentos, celulares, iPhones, televisiones, DVDs, etc. Al hacer esas compras, usted está provocando dos efectos: está impidiendo que haya una mayor abundancia de esos bienes para otras personas, y está desviando recursos de las industrias, obligándolas a producir más de esos bienes para suplir su escasez.

  Por otro lado, si usted se abstuviera de comprar esos bienes, usted obviamente estaría ahorrando. ¿Cuáles serían las consecuencias? :

1) Habría más bienes disponibles para los otros consumidores, que necesitan de ellos con más urgencia que usted.

2) Las industrias no necesitarían emplear recursos sólo para suplir la escasez de esos bienes (escasez provocada por usted), lo que las permitiría invertir en nuevos procesos de producción, que resultarían en mayor abundancia de bienes.

3) Los bienes que ya fueron producidos y no consumidos (es decir, los bienes que fueron ahorrados) podrían ser empleados en otros procesos de producción cuyos productos finales, aunque fueran a estar listos solamente de aquí a algún tiempo, traerían obvias satisfacciones para los consumidores.

  Como dijo Mises,

Aquellos que ahorran – es decir, que consumen menos que su parcela de los bienes producidos – inauguran el progreso en dirección a la prosperidad general. Las semillas que ellos sembraron no sólo los enriquecen a ellos, sino también a todas las otras capas de la sociedad. Su ahorro beneficia los consumidores.

  Por lo tanto, es importante entender que ahorrar no significa sólo ‘guardar dinero’. Eso es una mera consecuencia del ahorro. Ahorrar significa principalmente abstenerse de consumir.

  Cuando se entiende esos conceptos, resulta más fácil percibir por qué los gastos del gobierno desestimulan el ahorro y retrasan el crecimiento sostenible del país. Imagine, por ejemplo, que el Congreso aprueba un presupuesto que supone la compraventa de mil ordenadores, televisiones LCDs y laptops, además de varios kilos de café, de incontables máquinas de hacer café, papel higiénico, pastillas de jabón, corbatas, etc.

  Eso (1) haría que hubiera menos de esos artículos disponibles para la población, perjudicando a los más pobres; (2) obligaría las industrias a desviar sus recursos para el aumento de la producción de esos bienes, impidiendo la inversión en, y la expansión de, otros procesos de producción; (3) impediría que esos objetos fueran empleados en usos más productivos por la población, lo que podría inclusive generar beneficios para terceros.

  Aunque el gobierno gastara exclusivamente en funcionarios públicos, el efecto sería el mismo. Finalmente, para gastar, el gobierno necesita tributar o pedir préstamos. Ambas medidas configuran una absorción del ahorro de toda la población, ahorro que podría ser utilizado para financiar proyectos de expansión.

  Finalmente, una vez comprendida la naturaleza real del ahorro, se hace comprensible por qué la mera expansión monetaria – es decir, la creación de dinero por el banco central – no puede generar inversiones.

  Como Mises nunca se cansó de explicar, los bienes de capital no se pueden crear por medio de una expansión monetaria. Inundar una economía de dinero no va a hacer que los bienes de capital necesarios para los procesos de producción surjan de la nada. Imagine aquella isla de la serie Lost, donde los supervivientes de un desastre aéreo intentan mantenerse vivos diariamente. ¿En qué escenario estarían mejor los supervivientes: aquel en el que todos tienen un maletín lleno de dinero, o aquel en que todos tienen un arpón y una red de pesca (su capital)? El mismo razonamiento se aplica a la economía real. Lo que importa no es la cantidad de dinero en circulación, sino la cantidad de capital acumulado por la economía. Y ese capital sólo puede crecer cuando hay ahorro – es decir, abstención del consumo.

  Los keynesianos, por ejemplo, dicen que es la inversión la que genera el ahorro, y no al contrario. Siendo así, basta con que el gobierno reduzca los tipos de interés y estimule el gasto, para que surjan las inversiones. ¿De donde vendrá el capital para ello? Ah, eso queda para después. “La esencia del keynesianismo consiste en su total incapacidad de comprender el papel del ahorro y de la acumulación de capital en la mejora de las condiciones económicas”, señaló Mises.

  Todo lo que una expansión monetaria puede hacer es alterar el empleo del capital, redirigiéndolo a líneas de producción en las cuales su empleo va a generar perjuicios. Esa es la esencia de la distorsión generada por la reducción artificial de los intereses, resultado de una expansión monetaria. Esa es la causa de las recesiones.

 

  Conclusión

  Para finalizar, Mises de nuevo:

 Estrictamente hablando, el capital siempre fue y siempre será escaso. La oferta disponible de bienes de capital jamás será abundante hasta el punto de hacer que todos los proyectos destinados a la mejora del bienestar de las personas puedan ser ejecutados. Si eso fuera posible, la humanidad estaría viviendo en el Jardín del Edén, sin tener nunca que preocuparse con la producción.

  En nuestro mundo real, cualquiera que sea el estado de la oferta de capital, siempre habrá proyectos que no podrán ser ejecutados simplemente porque el capital necesario para ello está siendo empleado en otras empresas, cuyos productos son más urgentemente demandados por los consumidores. En cualquier sector industrial existen límites además de los cuáles la inversión en capital adicional no merece la pena. Eso ocurre porque los bienes de capital requeridos pueden, en aquel momento, estar siendo utilizados en la producción de bienes que, a los ojos del público consumidor, son más valiosos.

  Si, todo lo demás permaneciendo constante, la oferta de capital aumenta, los proyectos que hasta el presente momento no podían ser emprendidos pasan a ser lucrativos, y son entonces iniciados. Nunca hay escasez de oportunidades de inversión. Sin embargo, si por algún motivo hay escasez de oportunidades de inversiones lucrativas, es porque todos los bienes de capital disponibles ya fueron invertidos en proyectos lucrativos.

  Lo que genera riqueza y crecimiento económico sostenible es el ahorro, que posibilita la inversión en capital y la consecuente producción de bienes. El consumismo y el endeudamiento, por otro lado, generan una reducción del crecimiento.

  El ahorro requiere un sacrificio presente en pago de un mayor nivel de vida futuro. El consumismo y el endeudamiento permiten un presente aparentemente próspero en pago de un futuro tenebroso.

*Artículo cedido por el Intituto Mises Brasil (versión portugués) 
2017-06-26T21:38:15+00:00

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