LA AGRESIÓN “LEGALIZADA”

    – Larken Rose –   

[Este texto fue retirado del libro “The most dangerous superstition” de Larken Rose, aún sin traducción para el español.]

  A pesar de que casi todas las personas se consideren meros “espectadores” de la opresión y de la injusticia autoritaria, en verdad prácticamente todas son defensoras de la violencia del “gobierno”, de una forma o de otra. Cualquiera que vote, independiente del candidato, o simplemente apoya verbalmente alguna “política” o “programa” del “gobierno”, está aceptando la iniciación de la violencia contra sus vecinos, aunque él no reconozca esta violencia. Esto es porque las “leyes” no son sugerencias amigables o solicitudes educadas. Toda así llamada “ley” promulgada por políticos es un mando, apoyado por la amenaza de violencia contra quien no obedece. (Como George Washington dije, “gobierno no es razón; no es elocuencia; es fuerza”.)

  El común de la gente, en su vida cotidiana, rehusa mucho de usar amenazas o la fuerza física contra sus semejantes. Solo una pequeña fracción de las muchas discordancias personales que ocurren se transforman en conflictos violentos. Sin embargo, a causa de su creencia en el “gobierno”, prácticamente todo el mundo defiende la violencia generalizada sin incluso percibirlo. Y ellos no se sienten culpables porque consideran que amenazas y coerción son inherentemente legítimas cuando son denominadas como de “ejecución de la ley”.

  Todo el mundo sabe lo que sucede con alguien que es cojo “infringiendo la ley”. Puede ser solo una “multa” (una exigencia de pago mediante amenaza de fuerza), o puede ser una “detención” (lleve alguien prendido la fuerza), o puede hasta acabar con policías matando alguien que se resista. Pero toda “ley” es una amenaza, apoyada por la capacidad y disposición de usar fuerza letal contra quién desobedece, y cualquier persona que se ponga a pensar honestamente en esta idea tendrá que admitir este hecho.

  Sin embargo, la creencia en la “autoridad” lleva a una extraña contradicción en la forma en la que las personas ven el mundo. Casi todo el mundo defiende que la “ley” sea usada para obligar a  otros a hacer ciertas cosas, o financiar ciertas cosas. Sin embargo, mientras defienden esta violencia, sabiendo perfectamente las consecuencias para quién sea cojo desobedecendo, estos mismos defensores no consiguen percibir que lo que ellos defienden es violencia. Existen millones de personas que, por ejemplo, se consideran pacíficas, gente civilizada -algunos hasta tiene orgullo de rotularse cómo “pacifistas”- a la vez que defienden el asalto a mano armada contra todo el mundo que conocen, así como contra millones de extraños. Ellos no ven contradicción, porque al robo le es dado el eufemismo de “impuesto” y es ejecutado por personas que ellos piensan que poseen el derecho de cometer robos, en nombre del “gobierno”.

  El nivel de negación que la creencia en la “autoridad” crea es profundo. Cuando defienden violencia “política”, las personas no se sienten responsables por los resultados. Por ejemplo, quien solicita “beneficios gubernamentales” está pidiendo recibir el producto del robo quitado por la fuerza a sus vecinos a través de los “impuestos”. De igual manera, opositar para un empleo en el “gobierno” equivale a pedir que un vecino sea forzado a pagar por su salario. Esté la persona recibiendo un pago directo o algún servicio, programa u otro beneficio, ella generalmente irá a aceptar la propiedad robada sin el menor goteo de vergüenza o culpa. Fuera de eso, puede ser un vecino perfecto de las mismas personas a las cuales pide al Estado que les robe. En ninguna otra situación ocurre un apagón mental tan extraño como este, no solo en quien está defendiendo el acto de agresión sino también en la víctima. Si, por ejemplo, alguien le paga a un gamberro armado para invadir la casa del vecino y robar algunas cosas de valor, y el vecino lo sabe, como mínimo estos vecinos probablemente no van a ser amigos. Sin embargo, cuando la misma cosa es realizada haciendo uso de la “autoridad”, a través de elecciones seguidas de un robo “legislativo”, generalmente ni el ladrón y ni la víctima ven algo errado en esto.

  [Un apéndice personal del autor: Perdí la cuenta de cuantas personas nos manifestaron su apoyo a mí y mi esposa cuando fuimos prendidos por no someternos a la Receta Federal. Sin embargo parece que jamás pasa por la cabeza de nuestros conocidos que no son anarquistas que fuimos enjaulados por las mismas personas que ellos votaron, por desobedecer órdenes que ellos defienden. Hasta donde sé, ningún estatista que conozco percibió la esquizofrenia e hipocresía de apoyar activamente la extorsión masiva (“impuestos”) y entonces expresar sinceramente sus sentimientos hacia las víctimas de esta misma extorsión.]

  Se puede percibir la esencia sobrenatural de la “autoridad” en el hecho de que, entre las personas que irán de forma entusiasta a votar para que sus vecinos sean “legalmente” extorsionados y robados, pocas pagarían o pedirían para que meros mortales hicieran la misma cosa. Pocas personas creerían correcto contratar una banda callejera para robar a sus vecinos para así pagar la escuela de sus propios hijos, pero millones defienden la misma cosa cuando aceptan el cobro de “IPTU” para financiar “escuelas públicas”. ¿Por qué creen que desde el punto de vista moral esas dos cosas son tan diferentes? ¿Porque quién cree en el “gobierno” cree que él es algo más que las personas que lo forman. Imaginan que él posee derechos que ningún mero mortal posee. Desde el punto de vista del estatista, pedir que el “gobierno” haga algo tiene más en común con rezar para que los dioses hagan algo que con pedir para que las personas hagan algo. Un estatista que demanda correctas “legislaciones” quedaría horrorizado y se sentiría ofendido si algún grupo de personas comunes ofreciera servicios similares. Imagine si una banda callejera hiciera la siguiente oferta a un residente local:

Vamos a extorsionar a sus vecinos y usar lo que recaudemos para pagar por cosas que tú quieres, la escuela de su hijo, tapar agujeros de las calles, cosas así. Lógicamente que tenemos que quedarnos una parte para nosotros. Y díganos como quiere que sus vecinos se comporten que haremos lo necesario para garantizar que ellos se comporten así. Si ellos no hacen lo que  nosotros mandamos cogeremos lo que tengan o los meteremos en prisión.

  Si personas comunes hicieran esa oferta ellas serían condenadas por conspiración para cometer crímenes. Pero cuando las mismas cosas son propuestas en un discurso de campaña por un candidato a un mandatario del “gobierno”, y cuando estas cosas son hechas en nombre de abstracciones políticas vacantes como “el bien común” o “la voluntad del pueblo”, no solo son vistas como aceptables sino que además son consideradas nobles y virtuosas.  Cuando el político dice, “necesitamos proveer fondos suficientes para la educación de nuestros niños, y necesitamos invertir en infraestructuras”, está literalmente hablando coger el dinero de las personas a la fuerza (vía “impuestos”) y gastarlo de la manera que él cree que tiene que ser gastado.

  Esta agresión es aceptada cuando es hecha en nombre de la “autoridad”, pero considerada imoral se es realizada por meros mortales. Esto muestra que, en la cabeza del estatista, el “gobierno” es algo más que un grupo de seres humanos. Paradójicamente, el estatista insistirá que todo lo que el “gobierno” puede hacer, y todo lo que él es, viene del “pueblo”. Toda creencia en el gobierno requiere la creencia absurda como de un culto que, a través de documentos y rituales políticos pseudo-religiosos (constituciones, elecciones, indicaciones, legislación, etc.) una banda de meros mortales puede crear una entidad que posee derechos super-humanos -derechos que ninguna de las personas que lo creó posee. Y una vez que las personas creen en la existencia de algo así, irán de manera entusiasta a implorar que esta cosa controle y robe a sus vecinos a través de la fuerza. Las personas reconocen que meros mortales no tienen el derecho de hacer esas cosas, pero ellas creen de verdad que la divinidad llamada “gobierno” tiene todo el derecho de hacer esas cosas.

 *Artículo original en portugués Insitituto Rothbard
2018-09-20T03:10:43+00:00

Leave A Comment