DIEZ LECCIONES DE ECONOMÍA PARA PRINCIPIANTES – SÉPTIMA LECCIÓN: CAPITAL, INTERÉS Y ESTRUCTURA DE PRODUCCIÓN – Ubiratan Jorge Iorio

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DIEZ LECCIONES DE ECONOMÍA PARA PRINCIPIANTES – SÉPTIMA LECCIÓN: CAPITAL, INTERÉS Y ESTRUCTURA DE PRODUCCIÓN

 

    – Ubiratan Jorge Iorio –  

 

 

  Si usted le preguntara a una persona humilde y sin instrucción qué es capital, tal vez respondería señalando con la mano el bolsillo del pantalón, para indicar que se trata de dinero; si le preguntara a ciertos políticos que no dan valor a la educación, tal vez responderían que “capital es Brasilia”; si preguntara lo mismo a un economista que se haya formado allá por los años 50 del siglo pasado (y que nunca más haya estudiado para actualizarse), ciertamente va a decir que capital es el conjunto de máquinas, equipamientos, construcciones e instalaciones; si hiciera la pregunta a un monetarista, le dará la definición de Irving Fischer (“capital es cualquier activo que tiene capacidad de generar un flujo de rendimientos a lo largo del tiempo”). Pero, ¿y si le pregunta qué es el capital a un economista austríaco?

  Bien, ciertamente comenzará la respuesta mostrándole que el resultado o recompensa por la producción de un bien o servicio exige siempre un esfuerzo para ser alcanzado y que si usted quiere tener más cosas mañana tendrá que sacrificar alguna cosa hoy. Este ejemplo simple le ayudará a comprender a dónde queremos llegar.

  Suponga que Robinson Crusoe captura tres pescados por día buceando para cogerlos con las propias manos y que su alimentación consiste exclusivamente del pescado que “produce”. Al final del día, se los asa y se los come. Suponga ahora que hubiera tomado la decisión de, en lugar de comer los tres pescados diarios, consumir sólo dos, economizando, por lo tanto, un pescado por día. Al cabo de dos días, habría acumulado dos pescados, lo que le garantizaría consumo para un día. Supongamos que empleara ese día no para pescar, sino para construir una red tosca, que le permitiría coger, en vez de los tres a que estaba acostumbrado, una docena de pescados por día – a buen seguro, un resultado superior al inicial. En este ejemplo de una economía autística, la abstinencia – o ahorro – sería dado por aquellos dos peces que dejó de comer durante los dos días para que pudiera tener una reserva de que le permitiera pasar un día entero invirtiendo, o sea, construyendo el bien de capital – la red.

  En este ejemplo, el capital de Crusoe consiste en la red que, con sacrificio y esfuerzo, construyó, renunciando al consumo de un pescado durante dos días consecutivos para que pudiera tener doce pescados por día a partir del cuarto día, cuando ya podía usar la red. Nótese que ahorró en el primer y el segundo día y que invirtió en el tercer día. Quédese con eso: ¡para invertir, es preciso antes ahorrar!

  De manera general, un bien de capital, para los economistas austríacos, es cada una de las etapas intermedias de cada proceso de acción, subjetivamente consideradas de esa forma por el agente. Más específicamente, un bien de capital es una de las etapas intermedias de la serie en que se constituye todo el proceso productivo desarrollado por el agente. Por ejemplo, en la producción del bien final “pan”, la harina es un bien intermedio, un bien que supone un valor añadido y que aún no está “listo” para el consumo final, sino que se utiliza en la producción de panes. En este ejemplo, en la nomenclatura austríaca, el pan es un bien de primer orden o de consumo final, la harina un bien de segundo orden y el trigo (que se utiliza para producir la harina) es un bien de tercer orden. Harina y trigo son bienes de capital.

  En el artículo “La teoría austríaca del capital”, que es un resumen del cuarto capítulo de mi libro Acción, tiempo de conocimiento (IMB, São Paulo, 2011), está escrito:

Lo que separa al agente de su fin deseado es el tiempo, o sea, la serie sucesiva de etapas que integran su proceso de acción. Es intuitivo que, bajo el punto de vista prospectivo y subjetivo del agente, existe una tendencia a que, cuanto mayor sea el periodo de tiempo que se espera para concretar una acción – o sea, cuanto mayor la complejidad de las etapas sucesivas que la constituyen -, así como cuanto mayor sea el grado de incertidumbre implicado en la consecución de la acción hasta el objetivo pretendido, el resultado o fin de la acción que se pretende alcanzar debe poseer un valor mayor. Si no fuera así, no se realizarían acciones que demandan más tiempo y suponen mayor incertidumbre, porque se optaría siempre por lo ‘corto’ y lo ‘no dudoso’.

  En otras palabras, los seres humanos, en situaciones semejantes, siempre desean alcanzar sus fines de la manera más rápida y menos incierta posible y solamente mostrarán disposición para aplazar la realización de sus propósitos si – subjetivamente – juzgaran que el aplazamiento les permitirá alcanzar objetivos de mayor valor. A esto se le denomina la preferencia intertemporal. Escribiendo de otra forma: los bienes presentes son preferibles a los bienes futuros, o, aún: el aplazamiento de una recompensa en el presente exige una recompensa mayor en el futuro.

  En las economías modernas, con millones de agentes económicos, en que la complejidad de los procesos productivos es mucho más sofisticada de lo que en el ejemplo de Robinson Crusoe que hemos visto, el capitalista es aquel que ahorra, o sea, consume menos de lo que crea o produce, liberando de esa forma recursos para las etapas más alejadas de la estructura de producción, es decir, para la producción de bienes de capital.

  El economista austríaco Eugene von Böhm-Bawerk, al enfatizar la importancia del tiempo en el proceso económico y al definir el capital como los factores de producción fabricados, desarrolló la teoría del capital y del interés. Su análisis se sostenía en la idea de que los medios de producción indirectos (a los que él llamó roundabout, como la harina en el ejemplo de la fabricación de panes) permiten el aumento de la productividad de los agentes, tanto en términos de cantidades mayores de bienes producidos sin equipamientos, como de los bienes producidos sólo con la utilización de bienes de capital en sus procesos productivos.

  Y el tiempo de espera asociado al uso de procesos indirectos de producción es el núcleo de su teoría del interés. Su argumento era que los agentes económicos valoran más los bienes presentes que los bienes futuros con características semejantes, siempre que las demás circunstancias no se alteren.

  En otras palabras, esto significa que las personas tienen una tendencia a consumir más en el presente que en el futuro. Tal afirmación, que denominamos la ley de la preferencia intertemporal, se deduce inmediatamente de los postulados de la acción humana y traduce el hecho de que, siendo el tiempo un factor escaso, el agente económico busca obtener la situación más satisfactoria para él con el mínimo de tiempo posible.

  Los agentes económicos disponen de dos posibilidades en cuanto al consumo de aquello que es producido: consumir en el presente o esperar para consumir en el futuro, es decir, ahorrar. Y, como los seres humanos poseen una tendencia a consumir en el presente, se hace necesario, para que ellos ignoren esa inclinación natural y aplacen su consumo, que reciban una recompensa o premio por la espera. Tal premio, denominado interés originario, se define como la diferencia entre los valores atribuidos a un mismo bien en el presente y en el futuro.

  El montante de interés originario tiende a ser directamente proporcional a la preferencia temporal de los agentes económicos, o sea, mientras más valoren éstos el consumo presente en relación al futuro, mayor deberá ser el montante de interés necesario para inducirlos a ahorrar, es decir, a postergar el consumo e, inversamente, cuánto mayor la preferencia por el consumo futuro en relación al presente, menor deberá ser el total de interés que se requerirá para ahorrar. Si, por ejemplo, los agentes económicos supieran que el fin del mundo iba a ocurrir al día siguiente, la tasa de interés tendería al infinito; si, por otro lado, fueran informados de que nunca morirían, entonces la tasa de interés caería a niveles bajísimos, cercanos a cero.

  Así, cuando un acreedor presta, por ejemplo, R$10.000,00 en pago de recibir R$ 10.300,00 dentro de un semestre, los dos no están intercambiando la misma cosa: el acreedor entrega R$ 10.000,00 al deudor en la forma de un bien presente (dinero), mientras el deudor da al acreedor un bien futuro (una promesa), que representa una perspectiva de recibir el dinero cuando pasen los seis meses. En virtud de la discrepancia entre las valoraciones de un mismo bien en el presente y en el futuro, el acreedor cobra una prima (en el ejemplo, 3% al semestre) por el bien actual, que el deudor acepta pagar.

  El capital no es ninguna “cantidad”, es una estructura, una red bastante compleja y que posee una dimensión temporal. Por ejemplo, volvamos a la producción de panes: comienza cuando un agricultor planta las semillas de trigo. Se requiere tiempo para que esas semillas germinen, se transformen en trigo y este sea recogido y enviado a un molino. Por su parte, lleva también algún tiempo que ese trigo sea transformado en harina y encaminado a la panadería. Una vez en la panadería, también lleva tiempo para que esa harina, juntamente con otros ingredientes, sea transformada en panes. La esas etapas sucesivas en la producción de los bienes es lo que llamamos estructura de capital o estructura de producción.

  Los individuos, en sus escalas valorativas, tienden a atribuir mayor valor a los bienes presentes que a los bienes futuros, pero la evaluación subjetiva, naturalmente, varía mucho entre los individuos, así como para el mismo individuo a lo largo de su vida. Esto conduce a posibilidades múltiples de intercambios, en que ambas partes puedan beneficiarse. Personas con baja preferencia intertemporal están dispuestas a renunciar a bienes presentes en pago de bienes futuros con valores no mucho mayores, entregando así sus bienes presentes a otros que tengan una preferencia intertemporal más alta y, por lo tanto, valoren más fuertemente el presente en relación al futuro. Esto acaba por determinar el precio de mercado de los bienes presentes relativamente a los bienes futuros. Para la Escuela Austríaca, por lo tanto, la tasa de interés no es más que el precio de mercado de los bienes presentes en relación a los bienes futuros.

  Así, la tasa de interés es el precio determinado en mercado en el cual los ofertantes o vendedores de bienes presentes son, precisamente, los ahorradores – todos aquellos relativamente más dispuestos a renunciar al consumo inmediato en pago de la expectativa de obtener un mayor valor de bienes en el futuro. Los compradores de bienes presentes prefieren consumir bienes y servicios inmediatos porque su propensión a la abstinencia es más pequeña.

  Por lo tanto, el mercado de bienes presentes y bienes futuros, en el cual se determina la tasa de interés, está formado por toda la estructura de producción de la economía, en la que los ahorradores o capitalistas renuncian al consumo inmediato y ofrecen bienes presentes a los propietarios de los factores originales de producción (trabajo y recursos naturales) y a los propietarios de los bienes de capital, en pago de asegurar la posesión de un valor – que se espera sea mayor – de bienes de consumo en el futuro. Si elimináramos los efectos positivos (o negativos) de las ganancias (o pérdidas) de la actividad empresarial, la diferencia de valor tiende a coincidir con la tasa de interés.

  Cuánto mayor el ahorro, o sea, mientras más dispuestos a renunciar al consumo inmediato estén los agentes, más pequeño será el tipo de interés, mayor disponibilidad de bienes presentes para aumentar la duración y la complejidad de las etapas del proceso productivo. Y cuánto menor sea el ahorro, es decir, mientras menos dispuestos estén los agentes económicos a renunciar al consumo inmediato de bienes presentes, más alta será la tasa de interés de mercado. Por lo tanto, una tasa de interés de mercado alta indica que el ahorro es escaso en términos relativos, y eso es una señal de que los empresarios no deben ensanchar las etapas de producción, lo que provocaría descoordinaciones. La tasa de interés indica entonces a la actividad empresarial qué nuevas etapas productivas o proyectos de inversión deben emprender y cuáles deben evitar, para mantener coordinados los comportamientos de ahorradores, consumidores e inversores, evitando que las diversas etapas productivas sean más cortas o más largas de lo que deben ser.

  Capital y bien de capital son conceptos distintos, bajo el punto de vista económico. El capital es el valor, calculado en precios de mercado, de los bienes de capital, siendo la tasa de interés el factor de descuento. El concepto de capital de la Escuela Austríaca es, por lo tanto, abstracto, una herramienta de cálculo económico, es decir, una estimación subjetiva sobre los valores esperados de los bienes de capital en el futuro.

  El capital, por lo tanto, es el medio indispensable para la elevación del nivel de bienestar de los individuos, y es resultado de la inversión que, por su parte, es fruto del ahorro previo y no de cédulas emitidas por el Banco Central. El bienestar aumenta a partir del esfuerzo del ahorro, en la medida en que éste se convierte en inversión; no aumenta – por el contrario, disminuye – por la simple gana, manifestada por el gobierno, de que lo podrá aumentar mediante la fijación de las tasas de interés artificialmente bajas y/o de la emisión de moneda sin respaldo.

 

2018-01-12T23:10:31+00:00

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