EL ANTÍDOTO PARA LAS MÁS POPULARES FALACIAS ECONÓMICAS

 – Russell Lamberti –    

  Para entender el principio conocido como la Ley de Say es necesario comenzar el razonamiento por el punto más básico: ¿por qué dos personas deciden, libre y voluntariamente, comerciar entre sí? Sucede porque ambas personas creen que su situación mejorará gracias al intercambio. Esas personas no realizarían dicho intercambio si esperaran quedar en peor situación. ¿Y en qué consiste esa transacción libre y voluntaria entre dos personas? Consiste en el ofrecimiento mutuo de bienes y servicios.

  Y este es el quid de la cuestión.

  El ver la transacción como un ofrecimiento mutuo de ambos lados muestra que el fenómeno de la oferta y de la demanda no es un problema sin solución, como la paradoja del huevo y de la gallina. El individuo produce aquello que, en su mejor estimación, imagina que es lo que otras personas querrán consumir, con la expectativa de que esas otras personas están produciendo o irán a producir aquello que él quiere consumir.

  Hablando más coloquialmente, las personas se levantan por la mañana y se van a producir (trabajar) para intentar atender a la demandas de terceros. Si tienen éxito en atender esa demanda, serán recompensadas (remuneradas) por ello. Esa remuneración les permitirá ahora demandar bienes y servicios para satisfacción propia. O sea, que al producir y ofertar para terceros, esas personas pueden ahora demandar bienes y servicios para su propio disfrute.

  Pero de nada sirve producir y ofertar para terceros solamente: esos terceros tienen que querer adquirir esa producción. Si eso no ocurre, es decir, si las personas no se interesan por adquirir su producción, usted no será recompensado por ella. Y, luego, no tendrá como demandar bienes y servicios.

  La producción, por lo tanto, siempre será inherentemente especulativa.

  En pequeños arreglos sociales, la especulación normalmente no es muy difícil. Dos náufragos en una isla tropical, por ejemplo, pueden discutir con antelación lo que cada uno hará y ofrecerá para el otro. En arreglos sociales más amplios, formados por millones de individuos, esa especulación es mucho más difícil. Ahí entra en escena el sistema de precios libres y de transacciones monetarias: este sistema, junto con el mecanismo de beneficios y pérdidas, ayuda a las personas a descubrir lo que las otras quieren por medio de las señales enviadas por los precios, que expresan las preferencias de los consumidores, y muestran qué bienes y servicios son más escasos y cuáles son más abundantes.

  Pero la esencia especulativa no se altera: las personas producen aquello que juzgan que las otras quieren, con la expectativa de que esas otras personas irán a suministrar aquello que las primeras quieren.

  La Ley de Say, por lo tanto, puede ser descrita de la siguiente manera: el valor de los bienes y servicios que cualquier individuo puede comprar es igual al valor de mercado de aquello que él puede ofertar. O, en un sentido macroeconómico agregado, el valor de los bienes y servicios que cualquier grupo de personas puede comprar en el agregado es igual al valor de mercado de aquello que pueden ofertar.

  La Ley de Say, por lo tanto, simplemente expresa la realidad de que producimos para poder consumir. 

Siempre verdadera

  La Ley de Say siempre será verdadera y para siempre permanecerá irrefutable porque se refiere al concepto subjetivo de valoración. La oferta colocada en el mercado siempre suministrará el medio con el cual el ofertante podrá comprar otros bienes y servicios, pero solamente en la misma extensión del valor subjetivo atribuido por los consumidores a esa oferta.

  De nuevo: de nada sirve producir y ofertar bienes y servicios que nadie quiere, bienes y servicios cuyo valor subjetivo atribuido a ellos por los consumidores sea nulo o extremadamente bajo. Eso no le dará al productor poder de compraventa para satisfacer sus demandas.

  Sin embargo, y este es lo importante, aunque esta oferta fracasara en crear cualquier poder de compraventa para su ofertante por haber sido considerada completamente sin valor de mercado (como cavar agujeros en medio de la nada), eso no revocaría la Ley de Say. Al contrario: sería una manifestación de dicha ley.

  Tal fenómeno también distingue la Ley de Say de la teoría del valor-trabajo de Marx: Say reconoce el hecho crucial de que el acto de producción, por sí sólo, es insuficiente para crear poder de compraventa; sólo crea poder de compraventa el acto de producir algo que es valorado por terceros, los cuales también produjeron algo de valor en el mercado y, por eso, tienen poder de compraventa y pueden adquirir producción.

  En suma, no es la producción o el trabajo los que importan, sino qué es producido y para quién.

  Podemos ahora entender por qué David Ricardo dijo que: “Nunca hay una deficiencia de demanda; son los hombres que yerran en su producción”. Ricardo estaba refiriéndose al gran debate sobre “exceso de oferta”, que tuvo lugar en el siglo XIX entre él y Thomas Malthus, sobre la causa y la cura de las recesiones económicas. Malthus defendía la idea que vendría a convertirse en la esencia del keynesianismo y de la corriente económica convencional: exceso de ahorro y pocos gastos, dicen, causan un exceso de bienes no consumidos, lo que significa que hubo un exceso de producción. Los productores quedan con mercancías sin vender, sus ingresos se reducen y acaban teniendo que despedir empleados. Esto lleva a una recesión. Malthus, y posteriormente (y con más énfasis) Keynes, defendieron que ahorrar menos y gastar más es la solución para las recesiones.

  Pero la validez de la Ley de Say muestra que la visión malthusiana-keynesiana está errada. Dado que la demanda está determinada sólo por los productos y servicios ofertados en el mercado, los errores empresariales a gran escala (los cuales son característicos de las recesiones) tienen necesariamente que ser el resultado de errores también a gran escala cometidos por los empresarios, los cuales especularon, erróneamente, que el valor de mercado que los consumidores atribuirían a sus bienes y servicios sería mayor del que realmente acabó siendo.

  Es decir, los empresarios, por varios motivos, imaginaron que los consumidores atribuirían a sus bienes y servicios un valor mayor del que aquel que de hecho fue atribuido. No hubo un ‘exceso de producción’; hubo, eso sí, un error de cálculo en cuanto al futuro valor de mercado de esa producción.

  Ese tipo de error empresarial colectivo ocurre típicamente cuando el gobierno se embarca en una política de crédito fácil y barato, lo que genera un aumento temporal de la renta disponible de las personas, que entonces pasan a consumir más. Engañados por ese aumento del consumo, el cual fue causado por el mero endeudamiento barato y no por un aumento genuino de la producción y de la renta, los empresarios pasan a creer que habrá una mayor renta disponible en el futuro, de modo que sus bienes y servicios serán más demandados, lo que significa que podrán cobrar precios mayores. Pero en cuanto esa expansión del crédito es interrumpida, todo el escenario de aumento de la renta se revela ficticio y artificial, mostrando que nunca hubo realmente un aumento de la renta de la población. Sólo hubo endeudamiento. Consecuentemente, sus bienes y servicios no podrán ser vendidos por el mayor precio anticipado.

  Si los empresarios erraron en su estimación y en su producción, por cualquier motivo, entonces la corrección debe necesariamente pasar por la reestructuración de los esfuerzos productivos, de modo que se estime más correctamente los deseos de los consumidores y la mejor manera de servirlos.

  Ese diagnóstico de la recesión es bastante diferente del diagnóstico keynesiano, que enfatiza que hubo una reducción de la demanda en el transcurso de misteriosas fluctuaciones en el “espíritu animal” de los empresarios, el cual debe ser rectificado por medio de más expansión del crédito, más endeudamiento y más gastos gubernamentales.

  En el diagnóstico de la Ley de Say, el gobierno debe remover al máximo los obstáculos burocráticos y regulatorios para que los empresarios puedan corregir rápidamente sus errores y descubrir qué bienes y servicios quieren realmente los consumidores (y pueden comprar). Dado que el mecanismo de precios es la principal fuente de información de los empresarios, la flexibilidad en los precios de mercado es esencial para una rápida recuperación.

  Adicionalmente, dado que recursos escasos fueron asignados a actividades para las cuales nunca hubo demanda real, lo que significa que se está inmovilizando el capital de manera destructiva, es necesario que haya más ahorro (y no menos) para que los trabajadores y los empresarios puedan ser mantenidos y para que hayan fondos suficientes que aplicar en nuevas inversiones.

Conclusión

  Si aceptáramos la falacia de que son las acciones individuales virtuosas (como el ahorro y la frugalidad), y no la intervención estatal, las que generan resultados sociales caóticos, entonces todas las maneras de planificación central podrían justificarse no sólo en nombre del beneficio público, sino también en pro de la civilización. Pero esa medida, como bien atestigua la historia, es el camino garantizado para la ruina de la civilización.

  La Ley de Say continúa siendo la guardiana de la libertad económica, de la prosperidad e incluso de la propia civilización.

*artículo cedido por el Instituto Mises Brasil (versión portugués).